Una obra maestra

Por azarosas cuestiones, recién en 2019 leí Todo es triste al volver, obra maestra de Rubén Tizziani, cuya primera edición es de 1983, aunque conseguí una impresa seis años después en otro sello.
La implacable vigencia de lo abordado es estremecedora y hasta profética: mafias en el poder, medios periodísticos que son alfombras rojas para el crimen y una cruda autocrítica -como nunca leí en una obra de ficción- de la profesión en la que se formó el autor: el periodismo.
"Pensó en Watergate con ironía, en las veces que trató, infructuosamente, de hacerles entender a esos ingenuos corresponsales gringos cómo eran las cosas en esta parte del mundo. Y más atrás, en toda esa mitología lejana que, de alguna manera, lo había impulsado a ese oficio; como seguía haciéndolo con los muchachos que veía llegar todos los días en busca de un sitio desde el cual hacerse oír, ignorantes del lento, siniestro trabajo de domesticación que les esperaba". (Página 149, segundo párrafo).
Apenas un botón de muestra de la personalidad de Sarquis, el sesentón cronista de policiales, antihéroe a la manera del Marlowe de Chandler, que se mete en un brete por querer, una vez en su vida, llegar a la verdad. La encuentra. Pero no la da a conocer porque sería firmar su certificado de defunción.
En esta novela formidable importa todo: el qué, el cómo y el por qué. Aunque -como en las novelas de Chandler- el costado policial sea una mera excusa para radiografiar una sociedad cínica y pestilente, que representa cada día una burda parodia de sí misma.
El lenguaje majestuoso del novelista (un prodigio de habilidad narrativa) no quita nunca el foco del asunto principal, que no es el crimen del comienzo sino el asesinato cotidiano de la decencia, la capitulación miserable de la ética personal.
A Tizziani se le deben novelas de extraordinara factura y ejecución: Las galerías, Los borrachos del cementerio, El desquite, Noches sin lunas ni soles, entre otras. Todo es triste al volver nos impregna de una agobiante melancolía pero, también, confirma la prodigiosa capacidad de la palabra para pintar una aldea y ser universal.
La obra de semejante autor pide a gritos una reedición, que evitará al lector fatigosas búsquedas de sus obras en librerías de usados u ofertas. Si se agrega que Tizziani tiene dos novelas inéditas listas para ser publicadas, el desgano, la laxitud, la indiferencia de los editores argentinos es imposible de disculpar.