Tiempos de reinvención

Sea cual fuere la época histórica que toque atravesar, incluyendo una tan dramática y desconcertante como la actual, sospecho que se pasa mejor con una dosis de audacia, otra de decisión y un alto grado de confianza en el carácter aleatorio de la vida.
Quiero referirme específicamente a las alternativas personales para enfrentar esta gigantesca incertidumbre, sabiendo que la salud física y mental es, lógicamente, la prioridad.
Encerrado en tu casa, una buena parte de tus amigos y allegados (o no) suponen que es el mejor momento para escribir.
Es relativo.
La soledad de la escritura se disfruta (y mucho) cuando se la puede interrumpir y salir a dar una caminata, charlar con la familia o reunirse -sin previa cita- con amigos a tomar un café o una cerveza. Simplemente con un golpe de mensajería de WhatsApp.
Si el contexto es de encierro forzoso, con cifras que revolotean ominosas sobre nosotros, decae la concentración, la escritura no se disfruta y -muchas veces- las ideas faltan a la cita.
Cosa rara: me he jactado, con fundamentos, de no padecer el síndrome de la página en blanco. Sin embargo, me ha costado (ahora mucho menos, estoy arribando a una cierta normalidad) poder comenzar un texto al principio de la cuarentena.
La sola existencia de un límite cambia el juego. Las mejores cartas se transforman en las peores. La tan preciada vida puertas para adentro pasa a ser obligatoria y no opcional. Rara paradoja: la libertad se transforma en encierro.
La escritura, en lugar de un trabajo placentero, empieza a oler a catarsis. Y, debo decir, me cuesta escribir en tono catártico. Siempre escribo para alguien: lector, espectador, oyente. Cuento historias que espero interesen a otros. Lo más autorreferencial que pueden hallar en mí está en este blog. El presente artículo lo atestigua.
Desde luego no admito la vetusta y falaz leyenda del carácter doliente de la escritura, y el desdichado y sufriente escriba que no puede conjurar sus demonios.
Mi amigo, en pleno Siglo XXI, si usted sufre al escribir deberá buscar consejo médico. En este momento, la medicina y la ciencia tienen asuntos más importantes que atender. Por lo pronto, no escriba y deje de sufrir.
Siendo, como somos, hijos del prejuicio, nada mejor que hacerlo volar por los aires en momentos en los que nada es como lo conocíamos.
Aunque abomino de los libros de autoayuda, terminé de leer en cuarentena Los secretos que jamás te contaron -Para vivir en este mundo y ser feliz cada día-, de Albert Espinosa, un escritor, guionista, actor y director español que bien merece la tremenda legión de lectores que tiene.
Puede que algún purista (si aún subsiste la especie) se brote de caspa con este método pragmático que propone con elegancia mandar todo a la mierda y hacer lo que nos plazca, porque si nos convencemos que podemos seguramente lo conseguiremos.
Suena a pócima mágica, puede mover a risa. Lean la historia personal de resiliencia de Espinosa, su novela Lo que te diré cuando te vuelva a ver, y después me cuentan si les queda resto para la sonrisita irónica. Tengo en el mazo sus series de tele y las pelis.
Los teatros estarán un buen tiempo sin funcionar. Mientras los polemistas de la cuadratura del círculo lamentan la leche derramada (si el teatro online es teatro o cuestiones así), a mí me pinta el pragmatismo: estoy trabajando en cómo adecuarme a una situación inédita con las armas que pueda manotear. Voy a seguir contando historias, aunque deba filmarlas en el mítico Súper 8.
Parados o mirando el techo, es difícil que las cosas ocurran. Conversaciones telefónicas, videollamadas, intercambio de opiniones y -sobre todo- las ideas más delirantes son vehículos adecuados. Con mente amplia y sensibilidad predispuesta a transitar nuevos caminos, la cosa puede andar.
Otra variante es el lamento inconducente por un mundo que fue y será una porquería, pero que jamás será el mismo, una vez que esta pesadilla deje de agobiarnos.
Dificulto, aunque deseo, que sea un mundo mejor.
Me conformo con poco: si difiere unos gramos de la porquería conocida, ya será ganancia.
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