Mi Cinema Paradiso

21.11.2018

Convertido desde hace décadas en un aserradero y más recientemente en un templo religioso, sobre la Avenida Alsina casi en el cruce con 14 de Julio, en Temperley, a principio de los '70 el Cine Nuevo Astor fue, literalmente, mi segundo hogar. Muchas veces, inclusive, el primero. Sobre todo de lunes a miércoles, cuando daban tres películas en continuado con la entrada mitad de precio, que ya era barata de jueves a domingo.

El Astor fue mi Cinema Paradiso, mi pasaporte a un mundo desconocido y fascinante que marcaría mi vida para siempre. Su ecléctica programación incluía a la Coca Sarli, cine sueco, Costa Gavras o maestros italianos como Fellini, Petri o Antonioni.

Debo reconocer que cuando vi El fuego, La strada o Z, no las entendí. Sin embargo me deslumbraron; quizá por su narración, por esa cuidada estética, tan opuesta a la heroica simplicidad de los spaghetti-westerns de Ringo Wood (¿se acuerdan de Giuliano Gemma?), que -también es cierto- me divertían mucho.

Como para el pequeño protagonista de Cinema Paradiso, en aquella época adolescente, el cine me volvía más amable la realidad. Me permitía verla con otro prisma: a veces divertida, de a ratos melancólica y en, muchas ocasiones, hormonalmente erótica. En veinticuatro cuadros por segundo, las historias lucían emotivas e iluminadas con esmerada precisión profesional.

En el Astor descubrí mi fascinación por las películas de terror gótico de la Hammer, con las que empecé a familiarizarme luego de superar una cobarde huida de mi butaca, en el momento en que Christopher Lee, caracterizado como el Príncipe de las Tinieblas, abría el ataúd y se incorporaba en primer plano, en aquella escena imborrable (por lo menos para mí) de Drácula vuelve de la tumba.

Hoy, que disfruto todo aquello que en mi adolescencia me resultaba indescifrable, me felicito por haber seguido la recomendación del cineasta mexicano Juan López-Moctezuma: "Hay que inocularse de fantasía para no enfermarse de realidad".
Después de una película quedo en estado de gracia. Como le pasó a José Luis Garci en su adolescencia: "Cuando besé por primera vez a una chica, esperé que sonara la música de fondo", confesó el director de Asignatura pendiente y Solos en la madrugada.

Lagrimeo cada vez que Totó maduro observa el montaje de los besos censurados en Cinema Paradiso. Pego un alarido triunfalista en el final de Mediterráneo, cuando el Teniente LoRusso, de regreso en la isla de la que no debió partir, refrenda su compromiso de rebeldía ante esa Italia que le prometieron en vano: "Ellos habrán ganado, pero no voy a ser cómplice", explica a sus dos amigos.
Yo también me rebelo, Teniente LoRusso: cada vez que paso por Alsina casi en el cruce con 14 de Julio, elevo la vista y veo lo que nadie más puede ver: la descascarada marquesina del Cine Nuevo Astor negándose a ser cómplice del olvido.

Empujo la pesada puerta de vidrio con marco de madera y saco mi entrada al mundo de los sueños. No importa la hora. En el Astor, mi Cinema Paradiso, el espectáculo es continuado. Comienza cuando usted llega.  

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