Los escritores, esos inútiles

-¿Usted de qué trabaja?- me preguntan cada
tanto.
-Soy escritor -respondo,
con tono a mitad de camino entre el horror y el fastidio.
-Ah..., escritor... - repite
mi ocasional interlocutor. Hace una pausa y muestra cara de sorprendido, como
si yo hubiese respondido astronauta, asesino serial o gladiador romano.
El silencio no dura demasiado.
-¿Y qué escribe? -insiste,
por lo general.
-De todo - intento ser elusivo. Todo significa qué le importa.
-¿Por ejemplo? - continúa
el desganado reportaje al paso.
Fatigosamente, enumero alguna novela, película u
obra de teatro de mi autoría que, por supuesto, mi interlocutor no conoce
porque no es del medio. Si lo fuera, tampoco la conocería.
Lo dicen los pibes en su jerga: hoy, un escritor no garpa, carece de valor, no significa nada. Escribí nada y quise
decir eso: nada.
"Quien quiera convertirse en
un escritor inútil no tiene más que ejercitarse. Se recomienda el ejercicio de
los vicios, que son siete; hay que insistir con cada uno de ellos hasta que de
pronto se obtiene una nueva visión y uno se queda allí mudo, blando, e incapaz
de todo", sostiene el italiano Ermanno Cavazzoni en su libro Los escritores
inútiles.
Cuidado con las simplificaciones: ser escritor no
lo convierte a uno automáticamente en inútil. Sostiene Cavazzoni: "Tampoco es fácil
volverse inútil, por más que uno estudie, aplique y se las ingenie; a menos que
la vida, con sus eventualidades, venga en socorro nuestro".
Conozco una considerable cantidad de inútiles que
son autodidactas e incapaces de dibujar una o con el fondo de un vaso, por lo
que me atrevería a afirmar que sería una ligereza atribuir el gremio de los
escritores el liderazgo en las estadísticas de profesiones inútiles.
Además de inútiles, los escritores suelen ser
(nótese el cobarde recurso de no escribir solemos ser, como si yo fuera astrónomo) vanidosos,
insoportables, quejumbrosos.
"Los escritores son los seres
más fastidiosos que existen. Conforman las personalidades sicopáticas más
pintorescas. Muchos de ellos son latosos tanto en su vida personal como en lo
que escriben. Por supuesto que debo incluirme por haber escrito una que otra
babosada. No digo todo esto por humildad, sino más bien para tratar de saldar
cuentas con un gremio que parece tener muy mal administrado el ego y la
autoestima", asegura el español Carlos Yusti en su esclarecedor artículo Pedagogía de la
inutilidad.
Otra característica del escritor es su desinterés
por la masividad y su vocación provocadora. Experto contemplador de su ombligo,
no trepida en arremeter contra lo que sea, simplemente porque cree que ésa es
su obligación.
Relata Cavazzoni: "Un escritor de
vanguardia odiaba escribir; entonces tomaba un libro y lo escribía al revés, de
la última a la primera palabra; después iba al congreso permanente de los
escritores de vanguardia muy excitado".
Seguramente preso de los vahos de inmerecido
prestigio que le procuró una novela como La insoportable levedad del ser,
destacada por algunos críticos como vanguardista, su autor, el checo Milan
Kundera confesó desafiante: "Escribo por el placer de contradecir y por la felicidad de estar solo
contra todos".
Inexplicablemente, aunque a Kundera probablemente
le importe un rábano el lector, sus libros se venden por millones, se
tradujeron a varios idiomas y se venera su figura como si se tratase de un
respetable referente de la cultura y no como lo que es: un escritor, que bien
podría ser un inútil.
Sobre esta cuestión, Cavazzoni también arroja un
poco de luz: "Los escritores, por principio se odian, pero no consiguen separarse el
uno del otro. Se los ve caminando del brazo como amigos inseparables. En cambio
se odian. Se los ve reunidos en el café; parecen de buen humor, y en cambio
anidan pensamientos de destrucción recíproca y aniquilamiento".
Jactanciosos, malhumorados y polémicos, los
escritores distan de ser proactivos (adjetivo indispensable en la actualidad para el
currículum vitae de la dama o del caballero, sobre todo si están en trance de
búsqueda de empleo), no se destacan por su mesura o prudencia, y además gustan
opinar de lo que les venga en gana, como si alguien esperase que lo hicieran.
Por fortuna, Carlos Yusti los coloca en su lugar: "Los escritores son
tipejos de segunda. A nadie le importan
sus opiniones. A ninguno de sus lectores
le chiflan sus dictámenes fuera del recuadro de lo literario. Para nada sirven sus libros y sus ideas son la
guinda rosa de ese gran marasmo, de ese gran pastel de subsidio que se llama
Cultura sea de oficial, de izquierda, progresista, de derecha, nazi o
vegetariana. Y esta aseveración tiene su
base. Busque en cualquier diario alguna
entrevista cuyo protagonista sea un escritor. Mire la televisión y diga cuál opinión
reciente conoce emitida por alguno de ellos".
"Nunca es triste la verdad, lo
que no tiene es remedio", canta Joan Manuel Serrat, quien tal vez en algún momento
sorprenda a la masa con un éxito editorial con forma de libro.
Habrá que descontar es la iracunda reacción de los escritores ante ese potencial éxito.
Previsible y paradigmática manifestación de inutilidad.