Literatura sin escritores

Ursula K. Le Guin recomendaba a los escritores pararse diariamente frente a un espejo y decir: "Recuerda que la industria editorial soy yo".
Formidable sugerencia paradójicamente ignorada por la industria editorial, empeñada en demostrar que puede mantenerse en pie y acrecentar sus ganancias prescindiendo de los escritores genuinos. Las evidencias indican que lo está consiguiendo.
En la Argentina, se publican mayoría de libros de gente que no tiene relación alguna con la literatura: una senadora multiprocesada por la Justicia, una periodista televisiva contando su dieta adelgazante, un supuesto hombre de prensa desenfadadamente nazi, tratados de Economía con lenguaje de revista Para Ti y propósitos electorales, más algunos (pocos) textos de rigurosa investigación, y mucho refrito de artículos de gente con cierto nivel de notoriedad mediática.
Excepciones de rigor al margen (Jorge Fernández Díaz, Eduardo Sacheri, Sergio Olguín y alguno más que se me escapa), la ficción no vende, lema preferido por decena de editores para no olfatear siquiera un texto nuevo, cuando se supone que es su trabajo.
Férrea regla no escrita que respetan los dos emporios editoriales (uno muchísimo más poderoso que el otro) dominantes en el mercado argentino, que se han encargado de mancillar para siempre el prestigio de sellos en los que alguna vez publicaron Gabriel García Márquez, Osvaldo Soriano y Ernesto Sábato, por ejemplo. Todo en aras del vil metal, disimulando apenas la apariencia con algún texto antiguo o clásico como para que no se note tanto lo que es imposible disimular.
Las editoriales independientes tampoco arriesgan demasiado en materia de ficción: algún autor de culto (dudosa definición que suele ser eufemismo de aburrido o insustancial), historias tumberas variopintas, o la inefable crónica marginal con escabio, cumbia y sangre. Todo muy previsible, políticamente correcto y definitivamente letal para la literatura.
Ni a unos ni a otros les interesa el lector: su propósito es vender. Podrían hacerlo con material más digno. "Es lo que hay", se justifican. Y mienten. Es lo que más les conviene publicar porque se ahorran el trabajo de leer materiales. Si Fulanito o Menganita que están en la tele firman 300 páginas con su nombre, las redes sociales y sus innumerables seguidores se encargarán del resto.
Los autores nuevos o experimentados que pretendan escribir lo que les viene en gana, que se armen un blog y publiquen allí sus obras maestras. Las empresas editoriales no pierden su tiempo leyendo textos. Suena tan ridículo como un supermercado abierto pero desabastecido. Y lo es.
No capitulemos.
"Recuerda que la industria editorial soy yo" y sigamos escribiendo.