16 años después

19.10.2018

En el turbulento 2002 argentino tuve la satisfacción de golpear las puertas indicadas para que el original de mi segunda novela, La bandera del campeón (cuya gestación, desarrollo y publicación narraré en una próxima nota) se convirtiera en libro publicado.

La historia es especial: los protagonistas son cuatro amigos hinchas de Temperley. No sé si existen antecedentes -creo que no- de novelas ambientadas en un 99 por ciento en tierra celeste, en mi barrio de origen, el Beranger y otros lugares muy precisos del partido de Lomas de Zamora.

En un año en el que la venta de libros descendió el 70%, la primera edición se agotó rápidamente, y la segunda, publicada al poco tiempo, también.

Hubo varias promesas de reedición nunca cumplidas.

Este año en que nuestra ciudad festeja sus 148 años y el Cele cumplirá 106, cuando me pregunten por la novela no tendré que repetir esa frase que me resultaba tan molesta: "Está agotada".

Gracias al talento, el esfuerzo y la confianza que una persona le dispensó al texto, muy pronto lo tendremos en una hermosa versión digital -ebook o libro electrónico, como gusten llamarle-, porque algunas otras, también, se arrimaron para que en 2018 La bandera del campeón vuelva a flamear en lo alto de los hogares gasoleros.

Por supuesto que estoy pensando lo mismo que ustedes.

Ni en broma lo escribo. Sabrán entenderme.

Comparto un fragmento que, personalmente, me emociona evocar:

"Encendí otro cigarrillo y asumí mi desconcierto. Cierto era que mi partida de la Argentina prescindió de características heroicas: ni exiliado político, ni fugitivo de un universo social intolerable. Según Juan José, un psicólogo amigo radicado en Barcelona, lo mío podría encuadrarse como "hastío existencial, con permanente necesidad de aislamiento y huidas ocasionales", diagnosticó uniendo ciencia y humor una calurosa e interminable madrugada de vino y cervezas en mi casa de Sitges.

Juan José era, básicamente, un buen tipo: generoso, desinteresado y solidario. Di con él en uno de los tantos bares para solitarios de Barcelona. Llevaba ya un tiempo en España, errando por varias ciudades (Madrid, Alicante, Salamanca), sin encontrar trabajo fijo ni vivienda. Se lo conté entre copa y copa, y me extendió una tarjeta con su número telefónico, explicándome que cuando pudiera pensar con lucidez quizá me encontrara algún trabajo.

-Son buenos tiempos en España para los periodistas argentinos- sintetizó, y continuamos hablando de fútbol.

Escuchó pacientemente mi tesis de que Alejo Escos había sido superior a Maradona, apoyada en el relato de algunas jugadas fenomenales del inolvidable número ocho de Temperley.

Juan José, que es de Boca, sostuvo que ninguna de ellas podía compararse con el gol de Diego a los ingleses. Contraataqué mencionando aquella vez que, jugando en tercera, contra All Boys en cancha de Racing, Alejo convirtió un gol gambeteando a los once jugadores rivales.

-Una cosa es un Mundial y otra un partido de tercera y en el Ascenso- esgrimió, respetuosamente, Juan José, sin dudar de la autenticidad de lo que yo contaba.

-Sí -acepté-, pero no es lo mismo gambetear cinco o seis jugadores (y encima ingleses, que son flor de troncos), que once de Primera B, la mayoría de los cuales te lustran los tobillos casi por vocación.

El respeto con el que escuchó mis argumentos, y su deseo de conocer más detalles sobre la biografía futbolística de Alejo, tiró por la borda cualquier desconfianza. Encontrar por el mundo un argentino respetuoso no es fácil. Al día siguiente, lo llamé desde un teléfono público, me dio los datos para que me comunicara con el secretario de redacción de un diario barcelonés, y nos prometimos un nuevo encuentro. Juan José terminaba de separarse de una mujer y, en algún aspecto, andaba tan a la deriva como yo".

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